Un ave se estrella en tus ojos. De sus alas tibia destilan palabras aún palpitando, aún devotas del frío monosilábico de tus labios. Caen lentas y distantes, dolorosas como agua que ha caído del cielo sobre el concreto de la soledad. Un ave se estrella en tus ojos y allí otras yacen muertas, tal y como si mi cuerpo hubiese sido el ósculo traidor del poema. Tal vez mis ojos encendidos asustaron los matices de tu voz, que se apaga como un cigarrillo en el centro de la distancia, tan grácil, tan dúctil como el color de las mañanas,
Un ave se estrella en tus ojos, de sus alas escurren pequeñas muertes que en segundos aletean, apenas beben de tus labios silenciosos, caen pequeñas muertes, entre latido y latido, que se agolpan en tu pecho, o en aquel silencio que cuelga de tu afán, de tu vida en otro silencio.
Un ave se estrella en tus ojos, y en sus iris un silencio, somete a otro silencio, que probablemente se prolongue, fascinado de instantes, que se escurren en tus dedos.
No nacen aves así todos los días.
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